Benditos días sin sentido

Por: Borja De Matias

Tardas en darte cuenta, pero al final termina siendo un ejercicio de las más estricta soledad. Realmente no lo piensas. O al menos, no con la suficiente fuerza como para que el sentido común se imponga a los sentimientos. Y como la razón se suele dejar de lado en estas casos, divagas: que porqué no, que mira que si esta vez, que bueno, si en el fondo no somos tan malos... Se recurre, básicamente, a un esperpéntico ejercicio de autoengaño mientras se asiente y se da un trago a la cerveza, fiel compañera de desdichas. Queda un día para el partido. Mierda, otra vez.


Sin saber cómo, ya estás dentro. Por lo tanto, lo que te habías perjurado tantas veces, lo que habías dicho en el trabajo, a tus amigos, a tu novia, ya no vale para nada: que este año no, que te daba igual y que podrían hacer lo que quisieran que seguro que encontrabas algo mejor y más constructivo para llenar ese hueco vacío de dos horas. Justo a la hora del partido. En estos casos, los hinchas de fútbol, conviene situar, no somos gente de palabra.

 

Duermes, pero sue

ñas. Y como los sueños tienen la peculiaridad intrínseca de ser propios, imaginas cualquier victoria que llene las portadas de los periódicos del día siguiente. Una de esas a doble página estaría bien, como cuando se gana un campeonato importante. O mejor, una victoria sufrida, con una remontada heroica que perdure hasta que luego se la puedas contar a tus hijos. En el fondo sabes que da igual, pero no puedes dejar de pensarlo. Te sientes feliz. Sin querer, tu imaginación ha echado a volar hasta permanecer absorto a todo lo que pueda suceder hasta la hora del partido. Realmente, en según qué ocasiones los hinchas de fútbol somos preocupantemente idiotas.

 

El delantero centro titular, ese que vino a reemplazar al ídolo y que costó 45 millones de euros, no juega. Está lesionado y no se ha recuperado a tiempo. Tampoco juega el lateral derecho, ese portugués que no tiene mala pinta. Es por un esguince de rodilla, pero andaba liado con la pubalgia. Qué mierda de lesión la pubalgia. En el fondo da igual, piensas. Por ahí jugamos de otra forma, menos estáticos, menos atenazados y sacamos algo positivo. O peor, salimos con siete a defender. Qué más da. El caso es ganar. Ya no sabes qué pensar. Comienzas de nuevo a divagar. Piensas en aquella final de Copa. Qué bonito estaba aquel día el estadio visto desde aquella fila uno, donde no veías ni quién carajo llevaba la pelota pero que a cambio ofrecía el privilegio de levantar la vista y ver todo aquello. Es curioso cómo funciona la mente, no recuerdas qué comiste ayer, pero en cambio tienes almacenados cuarenta fotogramas diferentes de aquella imagen en la memoria. Admites que es absurdo, pero sigues. Esas calles que mirases donde mirases lo veías todo en dos colores. Y la botella de Jack Daniels que te bebiste a chupitos en el aeropuerto con una cara de felicidad como no recuerdas. Jodida catarsis. Bendita memoria.

 

Desde fuera es tan incomprensible como razonable. No tiene mucho sentido que tus hábitos, tu carácter y tus sueños cambien por lo que pueda suceder en ese intervalo de dos horas, pero no lo puedes evitar. Sientes así. En definitiva, el fútbol no sería nada sin la ilusión. Ilusión. Al menos a eso no nos gana nadie.

Vámonos al fútbol.

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