Boca, la llorona.

Por: Lucas Nuñez

El fútbol es para vivos”. Juan Carlos Crespi, XVII Congreso Nacional de Filantropía, Buenos Aires, agosto de 1985. Tal vez también haya dicho la frase, Juan Carlos, durante la entrega del Nobel de la Paz en Oslo hace ya un par de años. El fútbol es para vivos, ese eufemismo del vice de Boca para admitir que saca ventajas fuera de la cancha cada vez que puede, toma actualidad de tanto en tanto. Tomó actualidad ayer. Sí, no importa, Boca está jugando una Copa Libertadores a la que ni siquiera había clasificado por derecha (había entrado a la copa por ser el mejor de la sudamericana, en la que RIVER SALIO CAMPEÓN, pero inventaron un supuesto empates de puntos con velez para entrar y si las cosas salían mal con velez, jugaban repechaje), pero el pudor se tomó un vuelo malayo: primero patalearon por los días, ahora por los jueces. Y para el partido de vuelta de los octavos en la Bombonera, según se jactan ellos mismos, les dieron el gusto y le hicieron llover las regalías a la familia de Enrique Santos Discépolo, y eso que estamos en el siglo veintiuno: el que no llora, no mama. O no pasa. El gusto se llama Darío Herrera. Darío Herrera es árbitro, por si alguien no lo conoce, y hace un par de meses cumplió 30 años. Nunca dirigió un partido internacional. Tampoco un superclásico. Pero Darío Herrera, para vaya a saber quién, fue el juez más razonable a designar para el duelo más importante del año. Sí, todo indicaba que el elegido iba a ser Pitana, que dirigió un Mundial, mil batallas, mil clásicos, pero el más adecuado fue Darío Herrera, cero experiencia internacional, cero clásicos. Cero sospechosa la movida. Cero.

La ¿explicación? es que River, Boca y la AFA habían acordado en la previa a la ida un sorteo interno, con Segura como testigo, entre jueces locales que resultó en que Ceballos iría a dirigir la ida y Herrera, la vuelta. Y que la intervención de Abel Gnecco (representante argentino ante la Comisión Arbitral de la Conmebol) rompió ese acuerdo: la Confederación puso a Delfino y tenía casi decidido que para el partido en La Boca lo dirigiera Pitana. Pero el desempeño arbitral en la ida y la protesta masiva de Boca a través de dirigentes y voceros terminó por cambiar todo.

Gallardo había anticipado la jugada el viernes: “Van a intentar condicionar el arbitraje”. Boca se jacta de haberlo hecho. Y aunque los dirigentes de River por lo bajo dicen que le tenían más miedo a una eventual “compensación” de Pitana por el escándalo que generó un corner (!) que no fue, la realidad es que Herrera ya tuvo problemas con River: en un clásico con San Lorenzo le inventó un penal en contra, Barovero se lo atajó a Buffarini y, a instancias de Julio Fernández, lo hizo patear de nuevo por un supuesto adelantamiento que no existió: gol, derrota y, tras el partido, vacaciones para Herrera. Y, más cerca en el tiempo, contra Arsenal en Sarandí, no le cobró un penal clarísimo a Driussi, tampoco una falta evidente a Funes Mori previa al primer gol local y, otra vez sin ayuda del línea, no anuló un gol del Arse en offside. Sí, parejito. ¿Algo más? El asesor del árbitro designado por Conmebol para el partido del jueves es... Juan Carlos Crespi. Pero calma: ése es el ex árbitro homónimo. Si no ya iba a ser demasiado, ¿no?

Eso es Boca. Los campeones mundiales del apriete, de la rosca, los que entraron a la Copa acomodando los reglamentos, los que sólo pueden pegar ellas, los que sacan pecho por sus jugadores guapos y se ríen de la blandura de los nuestros. Están queriendo erosionar la moral de nuestro equipo. Pero todo este circo de lágrimas que montaron sólo se puede explicar por una razón. Ellos la saben. Y yo la sé...

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