Cruz Azul en el paradisiaco Cancún.

Por: Alberto Gutiérrez L

Dirán los enamorados que no existe martirio más grande que el de tener a ese ser especial en la lejanía, sea cuál sea el motivo de su ausencia. Tal vez, en muchos casos, el dolor se vuelve más agudo si durante ese destierro la única gota de placer se produce en encuentros esporádicos a través de una pantalla en una sesión de chat, con la maldita incapacidad de disfrutar plenamente de esas sensaciones únicas. 

Esa mezcla de pasión se puede comparar a la que sentimos miles de cruzazulinos incapacitados de ir al estadio todos los fines de semana cada vez que el equipo juega de local, teniendo que sentarse frente a una caja negra para disfrutar de los noventa minutos más sagrados de toda la semana. Esto si es que el partido no va en exclusiva sólo por Sky, sistema de televisión de paga encargado de amargarnos la existencia. El “¡Cómo me encantaría estar en el estadio en este momento!” se convierte en la frase recurrente de muchos sábados a las cinco de la tarde. Ya después del silbatazo, confieso, también viene una seguidilla de insultos al ver nuestro templo con una baja concurrencia, situación que es realmente inexplicable para mi nivel de fanatismo.

Pero hoy es un sábado muy diferente. Un día especial marcado desde hace siete meses en el calendario: Cruz Azul visita al Atlante en Cancún. Cualquier persona de corazón azul en la península sabe que esta es la única oportunidad de ver con un gasto mínimo a nuestros Dioses. 

Con la playera bien puesta llegó el momento de partir hacia el Caribe mexicano. Desde mi pueblo a Cancún no son más de dos horas y media de viaje, así que opté por abordar un autobús al medio día para llegar al puerto con algunas horas de antelación, sobre todo porque me preocupaba el no tener boleto para ingresar al estadio. Durante el trayecto recordé que todas mis visitas a ese paradisiaco lugar han sido única y exclusivamente para ver jugar al Cruz Azul. La primera fue en 2007, en una Liguilla. Aquel partido pasó a la memoria colectiva debido a los gestos burlones del Chelito al salir de cambio para nunca más volver a vestir nuestra amada camiseta.

Ya en el destino lo primero que hice fue dirigirme hacia el estadio en taxi. Y ahí estaba, frente al Estadio Andrés Quintana Roo. Desde la calle me quedé contemplando el campo de batalla por algunos segundos. Para ser honestos, realmente es un estadio muy humilde, tal vez el más austero de toda la liga.

A paso veloz recorrí todo el perímetro del estadio para dirigirme a las taquillas y en mi cabeza había una gran duda: la maldita e incómoda cábala. Resulta que cuando me sentaba en la cabecera sur del estadio, Cruz Azul no perdía el partido. Debía de tomar una decisión muy difícil ya que no quería sentirme culpable de lo que pudiera ocurrir después de los noventa minutos. En un ataque de valor y desafiando a mis creencias tomé mi billetera y pagué el boleto en la localidad VIP Naranja, una platea cercana al terreno de juego con una visibilidad ideal para disfrutar del partido. Realmente valía la pena correr el riesgo, mi riesgo, ya que en la cabecera es muy complicado observar a detalle las acciones debido principalmente a la enorme distancia que hay de la tribuna hasta el terreno de juego. 

Las horas pasaron y llegó la hora de ingresar al estadio. Cabe señalar que yo fui de los primeros en hacerlo sin entender el motivo. Tal vez eran las ansias, la inexperiencia de un aficionado de televisor, o la simple necesidad de ver a mi equipo en la cancha después de un año . Lo importante es que ya estaba en mi lugar esperando el comienzo de las acciones. 

Como ocurre en todos los partidos de fútbol en el mundo, algunos minutos antes del comienzo salieron a la grama a calentar los once jugadores titulares. Me sentí satisfecho al ver a Javier Aquino de titular, jugador al que considero una de las nuevas joyas del fútbol mexicano.

El reloj marcaba las 20:55 horas y ambos equipos pisaron el terreno de juego. Me atrevo a pensar que yo era la persona más emocionada de todas las presentes. Una vez más en mi vida iba a presenciar un partido en el estadio, a tan solo unos metros de los jugadores. El respaldo hacia el Cruz Azul era total. Cientos de playeras azules inundaban los graderíos, sobre todo en la cabecera sur, sitio en el que se encontraba un nutrido grupo de aficionados que hicieron el viaje desde la capital del país para alentar al equipo.

El comienzo del partido fue con un peloteo constante en media cancha. Pocas llegadas de peligro en ambos marcos. Los pocos aficionados del Atlante que habían a mi alrededor rebosaban soberbia, algo injustificable de acuerdo a mis mandamientos ya que los catalogo como “aficionados de ocasión” que se pusieron esa playera porque los azulgranas llegaron a su ciudad.

El primer gran grito de la noche llegó poco después del cuarto de hora de haber iniciado el encuentro. Fausto Pinto, en una de sus primeras proyecciones ofensivas del torneo, habilitó con mucha ventaja a Villa frente a la portería rival y éste con un certero punteo de la pelota venció al arquero para marcar el 0-1 del partido. En ese instante me sentí el dueño del mundo, tal vez por la adrenalina del festejo.

En el segundo tiempo Atlante presionó y logró el empate. Maldiciones al por mayor de mi parte, aunque mi optimismo me decía que era un partido totalmente ganable. Curiosamente el gol de la igualada cayó instantes después del ingreso de Alejandro Vela, jugador repudiado por gran parte de la afición por sus deplorables condiciones futbolísticas.

La entrada al partido de Maranhão se vio opacada por mi pesadilla más temida: la maldita voltereta en el marcador. Gol de penal del Atlante y se ponían en ventaja. En esos momentos me acordé de la maldita cábala. “Debí ir en la cabecera”, pensé como cuatrocientas veces en un segundo. El cronómetro apretaba y el final de la aventura llegaba a su fin cuando el brasileño, derrochando calidad por la banda izquierda, mandó un centro al área que Villa se encargó de empujar hasta el fondo de la red. Y gol. El júbilo explotó en todos los rincones del estadio y una sensación de alivio calmó la efervescencia de mi sangre. El empate me dejó conforme y a la vez molesto. Quería el triunfo, carajo. A su vez no entendí, hasta el día siguiente, porque los jugadores del Atlante reclamaron de forma tan enérgica el gol del empate que anotó Tito.

El partido terminó y me dirigí corriendo hasta el otro extremo del estadio para esperar la salida de los jugadores. Uno por uno salieron a abordar el autobús. En esos instantes numerosos aficionados tiraban sus playeras al interior de la “jaula” que protegía el vehículo para que los futbolistas las firmen amablemente. Cuando salió Corona el instinto de barra brava argentino se apoderó de mi cuerpo y empecé a cantar “Ochoa es un maricón, Ochoa es un maricón, Corona a la selección”, como una forma de demostrarle aliento al que en este momento es el portero más confiable del país. Numerosas personas que se encontraban a mí alrededor entonaron el canto al unísono. Creo que junto con el festejo de los dos goles, este momento fue de los momentos más emotivos de la noche.

La travesía concluyó. Ahora a esperar que sean las 17:00 horas del próximo sábado para iniciar un nuevo ritual frente a la televisión alentando a La Máquina, no sin antes desear que en la Liguilla Atlante se ponga en nuevamente en nuestro camino…

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