Nápoles tuvo lo que añoró la Libertadores

Por: Borja De Matias

Han pasado más de diez días, pero tanto para este autor, como para la vida de los napolitanos, las fechas nunca han significado demasiado. Aunque, para ser sinceros, en el sur de Italia nunca se ha sido demasiado estricto con nada. El epicentro del sur de Italia es Nápoles, una ciudad tradicionalmente desordenada, llena de contradicciones, y que cuenta con esa pizca de locura y rebeldía capaz de hechizar a cualquiera, donde todo está justificado si el fin tiene algo de positivo.

Entre tanto, es fácil perderse por Nápoles. Casi sin querer, la locura inunda sus calles, con miles de ‘motorinis’ convirtiendo aquello en una carrera hacia ningún sitio, multitud de tiendas ambulantes donde puedes encontrar casi cualquier cosa, desde colonias de importación hasta antigüedades de dudosa procedencia, y todo eso, bañado con el aroma embriagador de la Camorra, seña de identidad de una ciudad demasiadas veces ninguneada y malquerida por el norte rico y poderoso.

No es de extrañar, pues, que su llegada provocase aquella exaltación. Su nombre, pronunciado por primera vez el día de su presentación ante 60.000 personas en un estadio San Paolo a reventar, sigue hoy sonando con el mismo fervor y la misma fuerza que entonces. Diego A.Maradona, que la pasada semana cumplió cincuenta años, se convirtió en ese momento en alguien tan importante como San Gennaro, patrón de la ciudad. Desde aquel instante, Diego pasó a ser un napolitano más, como cualquier chico salido de la Quartiere 167, uno de los barrios más populares del sur, cuna de la camorra. Como ellos decían, un argentino por error. A pesar de ello, había diferencias. Y mientras todos ellos intentaban llegar a fin de mes sin meterse en líos, vender algún radio casette defectuoso o buscar algún sitio donde pasarlo bien el sábado por la noche, él tenía la tarea de situar a Nápoles en el mapa futbolístico y mundial. Espero, sepan apreciar la diferencia. Todo aquello, claro está, le reportaba ciertos beneficios, y le convertía en intocable para una ciudad que le amaba y veneraba. Y es que, para entender lo que era Maradona en Nápoles, hay que entender a los napolitanos.

“La vida en Nápoles era increíble. No podía salir a la calle, porque…, porque me querían demasiado”, comentó el propio Diego años después, cuando su grado de popularidad era tal, que en prácticamente todas las casas había una foto suya en la cocina, en la habitación, o encima del televisor. Una locura más, pero con cierta explicación visto desde la percepción de un napolitano. Porque, resumamos: En cinco temporadas en el Napoli, Diego consiguió llevar a un equipo que el año anterior se había salvado del descenso por un punto, a ser campeón en dos ocasiones, ganar la Copa de la UEFA, y una Supercopa de Italia. Casi nada. Más de lo que todos podían soñar. Hablamos además, de los años felices del Calcio. Aquellos en los que la coyuntura económica permitía contar con los mejores jugadores del momento, la Juventus de Platini, el Udinese de Zico, el Milán de los holandeses, la Roma de Conti…y todos ellos, con cierta justicia poética terminaron sucumbiendo ante el sur, ese mismo al que recibían con pancartas de ‘Bienvenidos a Italia’ cada vez que jugaban contra Juventus o Milán.

Pero volvamos a la locura social. Era complicado revolucionar una ciudad revolucionada, llena de trampas, lujos, pobreza, y sumida en una peste emocional donde la Camorra mandaba sobre todo o casi todo, pero Diego lo consiguió. Y lo hizo viniendo desde abajo, como ellos, lo que le situaba a su mismo nivel. Era uno más. Logró incluso, que muchos aficionados intentasen hacerse pasar por inválidos para poder así ir al fútbol en silla de ruedas y verle jugar a pie de campo. Otros, directamente revendían su pase de invalidez. Todo valía, nada bastaba.

Pero como en muchos cuentos, la pasión tiende a convertirse en odio. Después de tocar el cielo, llegaron sus escarceos con la cocaína, su relación la familia Giuliano, la más poderosa de la mafia napolitana, sus excesos, y el positivo aquella tarde después de jugar un encuentro ante el Bari. No volvería a jugar para su gente, para todos aquellos que lo habían elevado al Olimpo de los dioses, para los que la noche después de ganar el primer Scudetto de su historia habían escrito en las paredes del cementerio, “no saben lo que se perdieron”, y en defintiva, para los que tanto lo habían querido.

Hoy, veinticinco años después, hablar de Nápoles sigue significando hablar de Maradona, porque aunque ha pasado mucho tiempo y muchas cosas, Nápoles sigue soñando con su mundo feliz, aquél mundo irónico y ambiguo que nacía en las botas de Maradona y que terminaba cuando el árbitro señalaba el final del encuentro.

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