Peñarol, una Religión

Se me ha perdido el corazón por alentarlo a Peñarol. De la cabeza. Ya no me importa si perdés. Ya no me importa si ganás. Es una fiesta”. La voz del hincha de Peñarol es la que canta. Como aclarando que no se trata de un festejo, aunque lo parezca. 
¿Síndrome Malasia 1997 o justo reconocimiento por volver a una instancia que la historia reclamaba? Hay fundamentos que alimentan las dos bibliotecas. 
Desde aquel mar de gente que inundó las calles de Montevideo para tributarle su reconocimiento a la sub 20 vicecampeona en el Mundial juvenil de 1997 fueron varias las manifestaciones que festejaron –o reconocieron– cuando no se alcanzaron títulos. 
Copa América 1999 –vicecampeonato– y cuarto puesto en Sudáfrica 2010 son claros ejemplos. 
Lo de Peñarol puede enmarcarse en ese mismo contexto. O no. Porque en realidad fueron unos 300 hinchas los que coparon ayer el aeropuerto e hicieron de la suntuosa terminal aérea una auténtica Ámsterdam. 
El recibimiento fue eufórico. Tanto que se desbordó el dispositivo de seguridad que se montó para que desfilaran los jugadores hacia el ómnibus. La larga espera hizo que la hinchada ovacionara y saludara a sus jugadores como auténticos campeones. 
Las banderas y los bombos, los fuegos artificiales hicieron de todo una locura. Bien carbonera. 
Pero no se trató de un festejo. Lo decía un largo trapo desplegado en el piso de la terminal: “Religión carbonera”. Fue eso. Fue un “ganes o pierdas siempre es una fiesta”. 
Y esa fue la primera impresión al ingresar al aeropuerto. Las banderas flameaban, los paraguas se agitaban. Uno proponía un canto, todos se prendían. Saltaban y se agitaban. Espera y aguante. 
Un hincha se empinaba una cerveza de a litro. Otros se trepaban a un carrito de valijas como si fuera plena tribuna. 
Todos los barrios en una misma hinchada. Carrasco y La Teja. Pocitos y Barros Blancos. 
A la hora 18.56 cuatro o cinco gurises ingresaron con los bombos. Para redoblar ritmo y color. 
De repente uno prendió una bengala. ¡En el medio del aeropuerto! Allá vino un policía de la fuerza aérea a sacarlo. 
“El que no salta es un botón”, cantaron todos. Como en cualquier tarde de domingo. Los mismos vicios. 
A las 19.55, al fin, aparecieron los jugadores. Uno de los del bombo recorrió la hinchada y la abrió al medio cual Moisés con el Mar Rojo. Para que desfilaran los jugadores y los regaran de besos, abrazos, palmadas en la nuca y refregaditas de espalda. 
Diego Alonso y Guillermo Rodríguez fueron los primeros. Pero cuando los de adelante empezaron con el “ole, ole, ole, Tony, Tony” se desbordó todo. 
Todos corrieron por todos lados. Desesperados por una nuca de jugador. Por una foto. Ni soñar con un autógrafo. 
Diego Aguirre se llevó por el ala izquierda a la multitud. “Diego no se va, Diego no se va...”. 
Detrás suyo el ídolo, Darío Rodríguez. Otro “no se va”. Infinidad de abrazos. Locura y descontrol. 
Como pudieron, fueron subiendo a un ómnibus que los llevó a Los Aromos. Las bombas empezaron a explotar. Parte el bus. 
Todo vuelve a la calma. Un padre se va con sus dos hijos pequeños. Uno le pregunta algo. El padre responde: “Si Peñarol hubiese ganado hay gente de acá hasta la entrada. No podríamos ni movernos”. Claro, no fue un festejo. 

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