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El Vía Crucis de Felipe y de todo Flamengo

 Ese hombre vestido de azul que observa a la distancia cómo su equipo se florea y gana 3 a 0 no puede con su alma. No es que esté exultante, que no quepa en sí de la felicidad, que la alegría no pueda ser mayor. No puede con su alma porque sabe muy bien a su Flamengo esa goleada ante Lanús no le servirá de nada si en otro escenario, a esa misma hora, el otro partido de la zona no termina empatado. Por eso se toma la nuca con ambas manos, como formando la señal de la cruz. Resopla. Respira entrecortado. Sufre. Seguramente también reza. Falta poco para el final. Y Felipe está desesperado.

Ahí está Pasión Libertadores, en el campo de juego, justo detrás de la valla del arquero. Felipe pregunta cuánto falta y el periodista responde. Lo hace cada treinta segundos. O menos. El “1” mientras hace catársis con el enviado de Pasión, que aunque no tiene puesta ninguna camiseta no puede evitar calmar al arquero ante el pavor que transmite su cara. Todo queda grabado en la cámara. Son ocho minutos de un instante únicos. Genuinos. Que brindan un testimonio más de todo lo que significa y las fibras que mueve la Copa Libertadores. Imperdible.

Felipe camina. Mira al banco. Se estira el cuello del buzo hasta taparse la cabeza. Parece un chico inquieto. Ya no sabe qué hacer porque ya nada depende de su equipo, sino de que Olimpia y Emelec igualen en Asunción para que los cariocas puedan seguir en el torneo y desatar el festejo atragantado de un estadio Engenhao envuelto en una tensión que se palpa en el aire.

Suena el pitazo en Río y no hay festejos. Todo es incertidumbre porque en Paraguay quedan todavía dos minutos. Felipe se acerca y se queda junto a Pasión Libertadores para escuchar los minutos finales. De repente, llega la noticia del empate de Olimpia y el estadio lo grita más que fuerte que todos los goles de la noche juntos. “¡Vamos caralho!, grita el arquero y sale corriendo a la mitad de la cancha, donde aguardan sus compañeros. La mayoría se sienta en el césped. Deivid también pregunta cuánto falta. Lo hacen todos, en realidad. Las caras de sufrimiento son indescriptibles. Quedan treinta segundos para que se cumpla el tiempo de adición. Quedan treinta segundos para que Río se enteren del peor final…

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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