Homenaje a los campeones del 72: La gloria salió por el túnel del tiempo en Avellaneda

El 27 de mayo, Independiente recibió a Unión en el Libertadores de América y por la boca del túnel se asomó el gran capitán. El Chivo Pavoni, cinco veces campeón copero, atrajo el sol con su frente amplia, que antes cubría un entretejido. Sus bigotes emblemáticos se convirtieron en un candado de blanca sabiduría y su saco sport le iba a dificultar los movimientos, pero esa zurda extraordinaria no tiene reparos para sacudir arcos. Embajador de la garra uruguaya en Avellaneda, extendió su sede diplomática al continente.

Miguel Angel Santoro llegó con su chaqueta de cuerpo técnico. Las manos que atenazan cualquier balón que le pase cerca alzaban una réplica de la Copa, como esa de 1972, antes de que se fuera al Hércules de Alicante, tras un clásico triunfal ante Rácing. La letra de Palito Ortega cambió desde las tribunas ese día a “Yo tengo fe que Pepé volverá, porque la hinchada roja no lo olvidará jamás”. Volvió y formó a decenas de porteros.

Eduardo Maglioni perdió pelo pero no el olfato de gol, como cuando metió los dos en esa final con Universitario. En el entretiempo, ya con uno convertido, declaró que estaba sentido, pero que iba a hacer otro antes de salir. Y cumplió, como el inmenso José Omar Pastoriza, representado por su hijo Javier, que se elevó casi hasta donde debe estar ahora, para bajarle de cabeza una pelota perfecta al santafesino que se había radicado en el Chaco, en lo que ahora llaman asistencia. El Pato había convertido dos golazos de tiro libre a Rosario Central. Líder de pegada exquisita y notable visión.

Pancho Sá usa anteojos, así es imposible que se le escape algún delantero. Ganó seis Libertadores, llegaba a todos lados, empujaba al equipo y hasta pisaba al área rival. El Tano Mírcoli, que era lateral, jugó de puntero izquierdo y aportó cuatro tantos en esa campaña. Alzaba a su nieto y está como para jugar. Manuel Magán, otro formador de juveniles, hacía goles cada vez que lo necesitaban. La habilidad de Hugo Saggioratto no se altera con los kilos extras como la sonrisa que mantiene el querido Manija. Eduardo Comisso sigue clausurando el lateral derecho aunque use bufanda y el Mencho Balbuena desparrama defensores con sus arranques indescifrables y su alegría permanente. Se sumaron Carlos Bulla y Cavoli como para completar el equipazo, con Tato Medina dispuesto a atajar cuando Santoro se cansara. Y la familia del Zurdo López representó a otro de los grandes zagueros del cuadro que dirigía don Pedro Dellacha.

Son maestros, símbolos de tanta gloria roja que comenzó en ese ’72 la inigualable conquista de cuatro Copas consecutivas. Los jugadores de Unión no se atrevieron a salir a la cancha hasta que los campeones de hace 40 años se fueron ovacionados por el mismo túnel del tiempo. Así como estaban, con zapatos de calle y pantalones largos, todavía hoy golean al que se les ponga adelante.

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