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#PARALEER

José Luis Gómez, de comer una vez al día a jugar la final de la Copa Libertadores

Este miércoles, José Luis Gómez jugará su primera final de la Copa Libertadores, pero no olvida sus raíces. Los días sin comer y la época en la que debió hacer de todo para poder ayudar a su familia.

Lo importante es la familia

José Luis es el sexto de los diez hermanos que componen familia Gómez, oriunda de La Banda, en la provincia argentina de Santiago del Estero. Cuando era chico, las necesidades eran muchas y los recursos eran pocos. El negocio familiar era un pequeño kiosco armado en la parte delantera de la pequeña casa que solo tenía tres habitaciones que quedaron chicas a medida que la familia se fue agrandando. Lo que José Luis no sabía es que la gran riqueza de su vida sería la canchita de tierra que había justo enfrente de su casa. Con sus hermanos y amigos empezó a forjarse no solo como jugador sino como persona. No había zapatillas para romper pateando la pelota, por eso jugaba descalzo. "El piso quemaba y nosotros no nos dábamos cuenta porque ya estábamos acostumbrados", relató hace tiempo en una entrevista a El Gráfico.

Sus primeros pasos los hizo en una escuelita de fútbol llamada El Albito, y era tan bueno que los padres de sus compañeros le pagaban los viajes, las camisetas y hasta la comida para que él fuera a jugar. Sabían que si él faltaba sería mucho más difícil ganar. Los años pasaron y sus condiciones eran tales que dos grandes como Boca e Independiente fueron a buscarlo. Le ofrecían vivir en las pensiones, pero debía dejar atrás a su familia. Rechazó a los dos. La tercera opción fue el humilde Quilmes, aunque la mudanza a Buenos Aires no sería solitaria porque podía llevar a toda su familia con él. Su padre trabajaba en la construcción y pudo construir una humilde casa dentro de una exfábrica en el barrio de La Paternal, donde vivían cerca de 200 familias. Sin embargo, el edificio sería derrumbado por orden del Gobierno y la familia Gómez se mudaría al barrio de Villa Lugano.


 

En las inferiores de Quilmes demostró sus cualidades, pero por una triste razón lo dejaron libre. José Luis no iba todos los días a los entrenamientos y eso no se lo perdonaron. El motivo de sus faltas reiteradas era porque vivía en Lugano, un barrio afectado por la inseguridad, y sufrió incontables robos cuando salía rumbo a las prácticas. Allí llegó el peor momento para la familia Gómez. Durante el tiempo en el que no tenía club, José Luis trabajó descargando telas de un camión y jugaba torneos por dinero para poder aportar en la casa. 

La primera gran oportunidad

La mayoría de sus amigos del barrio no tenían los objetivos tan claros como él y la pobreza los hacía muy vulnerables. Ni hablar de aquellos que no tenían la suerte de José Luis, cuyo padre era un trabajador ejemplar que predicaba la cultura del esfuerzo. Varios de los amigos del joven futbolista eran hijos de ladrones y al no ver un futuro claro en el horizonte ya empezaban a codearse con las drogas y los malos hábitos. En el departamento de los Gómez, el mensaje para José Luis era claro: debía ir a probar suerte a otro club. Primero cayó en San Lorenzo, pero después de 15 días de entrenamientos, finalmente decidieron no ficharlo y le surgió la posibilidad de ir a Racing.

El día que fue al banco junto a su padre a retirar el dinero de su primer sueldo casi se desmaya cuando le dijeron que tenía 35 mil pesos depositados en su cuenta. En su vida había visto tanto dinero junto. Se lo llevó todo a su casa, separó menos de cinco mil pesos, se los guardó y el resto lo dejó sobre la mesa. Llamó a sus padres y les dio el dinero en retribución al esfuerzo que habían hecho por acompañarlo desde su Santiago del Estero natal hasta Buenos Aires, la gran ciudad donde ya muy pocos sienten el verdadero significado del barrio y en donde los niños no juegan en la calle al fútbol.


 

A los 19 años, la suerte empezaba a cambiar para la familia Gómez, aunque a José Luis le costaría asentarse en Primera División porque la llegada de Diego Cocca le significó menos continuidad de la esperada. Debió marcharse nuevamente, esta vez a la lejana provincia de San Juan, para jugar en San Martín, donde pasaría un año. 

Lanús, la casa nueva

De vuelta en Buenos Aires después del préstamo en San Martín SJ, Gómez seguía sin lugar en Racing y fue cedido a Lanús. Dejó tan conformes a los dirigentes que al cabo de 18 meses lo compraron. Para él fue una doble satisfacción. Con el 15% que cobró pudo comprar un departamento para sus padres y los hermanos que todavía vivían con ellos. En lo futbolístico, fue el gran salto de su carrera: ganó el torneo local, la Copa Bicentenario y la Supercopa Argentina.

"Teniendo un auto o cosas materiales que de chico nunca imagine, no soy nadie. Nunca tenés que cambiar, tenés que seguir siendo el de siempre. Eso es algo que no se negocia" - José Luis Gómez
 

Empezaron a rastrearlo de Europa, aunque jamás olvidó sus raíces. Solo salió del país cuando le tocó jugar un partido internacional porque de vacaciones vuelve siempre a Santiago del Estero, a pasar las fiestas en su barrio, con los amigos que no llegaron pero qué lo ayudaron a forjarse en el potrero que está enfrente de su casa. "Teniendo un auto o cosas materiales que de chico nunca imaginé tener, no soy nadie. Nunca tenés que cambiar; tenés que seguir siendo el de siempre. Eso es algo que no se negocia”, asegura.

Gómez se siente cómodo en Lanús, aunque lo siguen clubes europeos.

Gracias a su presente firmó un contrato con adidas. Lejos de querer tener su casa llena de ropa que no usaría ni en un año, armó una fundación para niños en su provincia y anualmente carga una camioneta con pelotas, botines y ropa para ayudar a que los más necesitados no tengan que vivir la experiencia de gastar tanto las suelas de sus pies al punto de no sentir el dolor por jugar descalzos.

Por su nivel, Gómez fue convocado a la selección en el ciclo de Sampaoli.

Valorar lo que realmente vale

Tanto José Luis como el resto de sus compañeros de Lanús están muy cerca de hacer historia. La Copa Libertadores está al alcance de sus manos y no hay motivos para no soñarse levantándola. El brillo que rodea al jugador de fútbol podría haberlo mareado, pero Gómez recuerda cuánto le dolía comer solo una vez al día y ahora que llegó el partido más importante de su vida solo siente satisfacción. 

Sus familiares, todos trabajadores, no pudieron acompañarlo a Porto Alegre para ver el partido de ida contra el Gremio. Al igual que en la vida, esta final tiene revancha y se juega en el estadio de Lanús. Allí, con todos presentes, Gómez tendrá la oportunidad de escribir la historia a los 24 años. Si jugó descalzo, gambeteó a la adversidad y hasta puso en riesgo su vida por el fútbol, ¿cómo no va a estar preparado para una final de la Copa Libertadores?

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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