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#PARALEER

La triste historia del mejor amigo de Carlos Tevez

Darío Coronel, alias Cabañas, creció en Fuerte Apache y muchos dicen que era mejor que el propio ídolo de Boca. Su vida terminó mal, ya que se dedicó a delinquir y terminó suicidándose, acorralado por la Policía.

Le dieron la 10 porque es el mejor, porque es el que lleva al grupo al frente y porque es el que agarra la pelota en los momentos difíciles. Tiene dinámica, picardía, clase y sacrificio. Es, sin dudas, el mejor producto futbolístico que el barrio alumbró en mucho tiempo. Todo el que haya visto un partido de Estrella del Uno sabe que en ese pibe habitan las condiciones deportivas que garantizan un futuro promisorio en la elite del campeonato argentino. Falta tiempo y faltan años, pero no puede fallar. O al menos eso es lo que parece cuando el portentoso proyecto de crack gambetea y gambetea al lado de la raya, como una invitación a envidiar sus ilusiones y sus chances. Como si él tuviera eso que no tiene casi nadie. En Ciudadela todos saben que el guacho ese es imposible de marcar. Mientras tanto, a cinco metros de sus gambetas, su mejor amigo, Carlitos, lo insulta por morfón y le pide la pelota. El 10 sale gambeteando entre los insultos de Tevez y remata cruzado.

A esa altura de la década del 90, Darío Coronel es la joyita del potrero. Es el jugador por el que se piensa que pagarán millones. En Fuerte Apache no hay ninguno mejor que Cabañas. Darío Coronel vivió su infancia en un departamento pequeño del Nudo 1 del Barrio Ejército de los Andes, al igual que Tevez. Su primer equipo se llamó Estrella del Uno, el mismo de Tevez. Luego jugó en Santa Clara, Villa Real y All Boys, igual que Tevez. Sus ojos infantiles crecieron rodeados por las mismas sales de la vida que pasaron delante de los de su compinche: sí, Tevez. Darío fue el otro Apache, o el Apache que pudo haber sido si no hubiese sido por la vida, que juega su partido con el destino con las fichas de la desigualdad en las cabezas de un sinfín de pibes que, a diferencia de Carlitos, quedan en el camino.

En el Fuerte, Darío Coronel era conocido como Cabañas, por su origen paraguayo y por su combo de habilidad y bravura dentro del campo de juego, que lo emparentaba directamente con Roberto Cabañas, aquel delantero de codos filosos que se hizo conocido en Boca a principios de los 90. Desde sus primeras paredes en el campito hasta su colección de victorias en finales, Cabañas y Tevez eran una dupla de temer. Darío tenía la camiseta número 10 y Carlitos usaba la 9. Los que presenciaron las diabluras del binomio dicen que Cabañas era el mejor de los dos y que no tenía nada que envidiarle al pibe que después fue estrella mundial y que ganó en todos lados. Darío y Carlitos iban juntos en la vieja camioneta del Tano Propato, que los pasaba a buscar para ir a entrenar. También fingían ser estudiantes en los colectivos para pagar menos. Eran tan amigos como vehementes a la hora de pelearse. Discutían por un caramelo, por una pelota de gol o por una camiseta. Hasta llegaban a agarrarse a trompadas por cualquier pavada, mientras que a los cinco minutos volvían a ser tan hermanos como antes. Su otra disputa eterna habitaba en cada tabla de goleadores de cada torneo en el que jugaban. Tevez se enojaba hasta el berrinche si le daban la pelota al paraguayo, que canchero y sonriente le contestaba: “Se la pasan al que más sabe”. Todas esas diferencias y todas esas competencias eran, solamente, maneras de amarse. Los dos chicos se adoraban.

La dupla llegó a All Boys con la idea de que todo eso se trataba de fútbol, pero que en realidad para ellos la cosa importaba bastante si se trataba de amistad. Cabañas y Tevez descubrieron la vida en las bombitas de agua que les tiraban a los colectivos desde el techo de la cancha y aprendieron a defenderse en cada partido de visitante en que los mataban a patadas por ser los mejores. No había uno sin el otro y a la inversa, porque habían nacido juntos, como dos pinceladas de Dios en el peor de los contextos. A la larga, eso que pasaba afuera de la cancha, en los pasillos de los nudos y las tiras del Fuerte, iba a devorarse los sueños de uno, mientras que expulsaría al otro hacia la historia grande del fútbol mundial. Cabañas jugó en el baby fútbol de All Boys y desde allí pasó a Argentinos Juniors, en un breve lapso. Comenzó de cinco, también fue enganche y se encaminaba a hacer un camino en las inferiores como volante por la derecha. Finalmente, apareció en Vélez Sarsfield luego de una prueba en la que maravilló a los ojeadores de inferiores. En el conjunto de Liniers se ganó un lugar de titular, que con el tiempo lo convirtió en una de las estrellas de las inferiores de la institución. Darío estaba pleno en las canchas, pero comenzaba a tener dificultades fuera de ellas. Era el último paso antes de que la otra historia que tejía su vida terminara por atarlo.

Si el relato de Tevez es un cuento lleno de esperanza, el de Darío es la reafirmación de lo que hicieron los años 90 con una generación de jóvenes de pocos recursos. Cabañas creció en una familia disfuncional y plagada de necesidades, con un padrastro golpeador que lo marcó a fuego. Al sumarse a la vida social, el pibe tenía reacciones desmedidas y violentas para un chico de su edad. Era el que siempre redoblaba la apuesta en todas. El éxodo de su madre y de sus tres hermanos a Paraguay, casi un desesperado intento por librarse del terror del hombre que conducía la casa, fue la estocada final para el único que se quedó padeciendo el infierno, el que sólo se apagaba cuando se iba a patear al club. Era 1996 y Cabañas todavía fantaseaba con jugar un mundial.

Las amistades de Darío moldearon el comienzo de su adolescencia. Así, pasó de divertirse con los guachos de All Boys a parar debajo del Nudo 1 junto a un grupo de pibes entre los que se encontraban los más peligrosos del barrio. Se llamaban los Backstreet Boys, un nombre tomado de la banda de pop teen estadounidense, de acuerdo a su modo de vestirse, con pantalones anchos, cadenas ostentosas, remeras grandes y anillos de todo tipo. Los Backstreet primero lo cobijaron como el más chiquito y después le fueron dando lugar. Los Backstreet fueron la banda de delincuentes más peligrosa de la historia de Fuerte Apache, con una leyenda detrás que incluye asaltos y crímenes de todo tipo y la macabra estadística de que 15 años después, el 90 por ciento de sus miembros se encuentran muertos. Cabañas probó la marihuana y no la soltó más. Llegaba drogado a los entrenamientos o a veces ni aparecía. La gente del fútbol juvenil de Vélez fue a buscarlo al Fuerte muchas veces y en las últimas no pudieron encontrarlo. Iba y venía hasta que la situación se volvió insostenible. En el club se enteraron que le había robado plata del bolso a un compañero y decidieron dejarlo libre. La última red de contención en la vida del espigado morocho había cedido para siempre.

A principios de 1998, Cabañas se iba a entregar al peor camino. Luego de sus primeros asaltos chicos, de sorpresa en la calle y sin demasiada ganancia, el paraguayo empezó a crecer en la banda, amparado en su irracionalidad. Como en el fútbol, Cabañas iba al frente sin parar y sin miedo. Cuando José Luis Romano, Joselo, el líder de los Backstreet, necesitaba un guacho con sangre fría, Cabañas era el primero de la lista. Con 16 años, en el 2000, robaba coches, supermercados, bancos, estaciones de servicio o lo que pintara. Llevaba un revólver en el bolsillo todo el día y se gastaba el dinero en zapatillas carísimas. De la marihuana había pasado a la bolsa de Poxiran. Iba a meter caño descontrolado y no tenía límites. Del fútbol no le quedaron rastros. Cabañas se fue consumiendo entre sus vicios y la cultura delincuencial, en la que el riesgo y la magnitud del hecho brindaban un prestigio que no se lograba en ninguna otra parte. Para su propia construcción mental, ser chorro era un desafío al sistema y morir siendo chorro era un destino irrefrenable. Por entonces, sus compañeros caían uno tras otro, en su mayoría detrás de balas policiales. Ante cada muerte, todos levantaban las armas para disparar al cielo. Un rato después, pasaban por la puerta de la comisaría sexta de Ciudadela y tiroteaban el frente en una ráfaga de miedo. Juraban venganza. Por cada guacho muerto se llevarían dos efectivos. Una noche del 2001, Cabañas se cruzó con Roger Didí Ruiz, su primer entrenador en aquellos comienzos junto a Carlitos, lo abrazó y se puso a llorar sentado en un cordón. Le escupió sus lamentos por el presente de Tevez, que ya era la mayor promesa de Boca y que llegaría a hacerse un lugar en el primer equipo en breve. El pibe de 17 años no podía creer que ese otro al que conocía tan bien, al que le ganaba el premio de goleador, hubiera hecho un camino de rosas hacia el club campeón del mundo. Para él, mientras tanto, ya no había vuelta atrás. Lo suyo era cosa juzgada. Sentía que no podría vivir así mucho más tiempo. El final estaba por llegar.

Un par de meses después, Cabañas mató a un policía en el medio de una persecución. A partir de ese momento, su estadía fuera del Fuerte era un peligro permanente. Se sabe que cuando un ladrón mata a un “rati”, los efectivos de la zona lo buscan hasta darle muerte, aunque después aquello implique tener que figurar las pruebas para hacerlo pasar por enfrentamiento. Sin embargo, los pibes de la banda habían planeado un asalto al bingo de Ciudadela y, como siempre, el paraguayo decidió ser el primero en entrar con las armas en la mano. Un rato después del asalto, la policía lo persiguió hasta la cercanía del Fuerte Apache. Cabañas no llegó a entrar al barrio, porque les dijo a sus compañeros que corrieran delante de él, que saltaría último la pared. Las luces de los patrulleros lo enceguecieron en un éxtasis a medio camino entre el miedo y el coraje de la droga. Ya no había chances para escapar ni opciones para dar batalla. Ni lo pensó. Martilló el arma, posó el hierro helado sobre el costado de su cabeza y se pegó un tiro. Darío Coronel, el pibe que decía que prefería morir por una bala propia a una policial, se mató en una madrugada del 2001, justo en la época en que Carlos Tevez iniciaba su magistral carrera como futbolista. El mejor 10 del barrio jamás vería a su amigo paladear la gloria.

*Fragmento del libro "Tevez. Corazón Apache" de Sebastián Varela del Río

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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