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PASADO Y PRESENTE

¿Qué es de la vida de Romário?

Carioca, talentoso y goleador. Figura excluyente del fútbol mundial, detalles de su legendaria vida deportiva y su desempeño en la actualidad.

Enamoró con sus goles a los torcedores de todo Brasil. Levantó la Copa del Mundo en 1994 y su magnetismo se extendió a los aficionados de todo el planeta. Aunque las estadísticas no sean precisas, él cuenta más de mil goles en su registro personal: es el único futbolista que ha sido 14 veces el máximo goleador en torneos de Primera División: 10 veces en Brasil, 3 en Holanda y 1 en España. Alejado de aquel carácter festivo que siempre lo emparentaba al carnaval, a los 49 años es senador por Río de Janeiro y su palabra tiene un alto impacto en la vida política de su país, mucho más allá del deporte.

Repasar su carrera es un camino de doble vía: el Baixinho (el Bajito) siempre transitó sus éxitos futbolísticos en paralelo a una vida excéntrica y plagada de excesos. Para un brasileño es imposible concebir al fútbol despojado de la diversión. Y cuando un jugador siente placer al trasladar el balón, esa grata sensación seguramente se transmitirá a los espectadores. Dentro de esta raza de privilegiados que viven el fútbol como una fiesta estuvo Romário da Souza Faria, un símbolo del Vasco da Gama, un símbolo de Río de Janeiro, un símbolo de Brasil.

Como jugador, fue una mezcla exitosa de talento, alegría, playa y carnaval. En resumen: el fútbol verdeamarelo. Su vida transitó siempre los carriles del disfrute, y no solamente en las canchas. Pero también anduvo por las cornisas del escándalo y el protagonismo a ultranza.

Nació con solamente 1,800 kg, “entraba en una caja de zapatos”, recuerda su madre Manuela. Vivió una infancia en la favela Jacarezinho. Su casilla no tenía luz ni agua pero sí una ventanita, desde la que todas las noches miraba al cielo. Dice un proverbio brasileño: “Siempre hay una estrella para todo aquel que sabe mirar al cielo”. Lo deseó con ganas y lo tuvo, el primer regalo que recibió fue una pelota de fútbol.

Flaquito, subalimentado, de pequeño cayó en una alcantarilla mientras corría detrás de su adorada pelota. No sabía nadar y lo salvó un tío. Desde entonces, una amiga de la familia lo llevó todas las noches a cenar a su casa. El baixinho empezó a crecer.

Edevair, su padre, tenía problemas con la bebida, pero trabajaba duramente para que no faltara nada. Y sobre todo, le permitía a Romário jugar hasta las 8 de la noche. Después se mudaron a Vila da Penha, donde el papá fundó un club, el Estrelinha. Ahí todos posaron sus ojos sobre el pequeño. El crack no olvidó un consejo de su padre: “’Cuanto más cerca estés del arco, más goles meterás’, me decía. Lo seguí recordando en medio de los partidos durante toda mi carrera. Funcionó”. “La manera en que ese niño llevaba y protegía la pelota, su visión de juego, su ubicación y sobre todo sus arranques en velocidad auguraban un futuro enorme”, explicaba Paulo Ferreira, el hombre que se jacta de haberlo descubierto.

Gran parte de su adolescencia la pasó en el 343, el bus que unía Vila da Penha con São Januario, el estadio del Vasco da Gama: cinco entrenamientos semanales. Pero faltaba muy seguido: “Nunca me gustó entrenar, sólo jugar”. Empezaron las multas. Intempestivo, contestaba de mala manera a los técnicos. Pero los consejos de su padre surtieron efecto y la cuenta de goles se empezó a abultar. Cuando se quiso dar cuenta, era campeón carioca con la camiseta del Vasco. Era el comienzo de una carrera brillante, también la mudanza al elegante barrio de Jacarepaguá, en una casa con ocho habitaciones. Para alegría de sus padres y sus hermanos Ronaldo y Zoraida. El brillo encandilaba, pero seguía en foco con sus orígenes: nunca dijo no a un partido benéfico: “Vengo de la favela, conozco la miseria, sé lo que es el sacrificio. Quiero devolver un poco de todo lo que me he dado”, explica.

En 1985 lo llamaron a la selección juvenil para el Mundial de la Unión Soviética. Pero fue sorprendido tratando de intimar con dos bellas gatinhas y lo excluyeron del plantel.
Ya era profesional y el dinero se acumulaba: auto y moto, también largos cabellos, surf, samba, noches en Sunshake, el boliche top de Río por entonces. Su guardarropa era una tienda. Entre protestas y sonrisas, el joven Chapulín le contaba sus metas a un periodista curioso: “Quiero ser reconocido como el delantero brasileño más grande de todos los tiempos”. ¿Modestia? No, ¿para qué?

En 1988 se casó con Mónica de Santoro de Carvalho, una hermosa modelo de la burguesía carioca. La boda se hizo en una cancha. “Decidimos tener once niños, un equipo de Romários”, comentó socarrón.

Su vida alegre no es secreto. “Soy ciento por ciento infiel, me defino como un mujeriego por excelencia y, en mi apogeo de promiscuidad, llegué a acostarme con tres mujeres distintas el mismo día”, confesó. Sus fiestas y orgías son conocidas, hasta lo confesó. Sin embargo, la bomba explotó cuando involucró a sus compañeros del plantel campeón el Mundial ‘94. Dijo que llevaba mujeres a las concentraciones del hotel: “Puse a más de una adentro de la concentración. No me acuerdo cuántas fueron”. Y el cuerpo técnico reaccionó. Mario Zagallo, DT del plantel que consiguiera el tetracampeonato acusó: “No tiene dignidad moral ni responsabilidad. Es inadmisible que haya ocurrido en un Mundial”.

Los entrenadores son el blanco preferido de sus ataques, especialmente Sebastião Lazaroni, quien lo dirigió en el Vasco y la selección: “Solamente convoca a sus amigos, se cree que la selección es la seguridad social”. Disgustado con el juego del Scratch hasta 1992, rechazó la convocatoria para un partido contra Alemania a menos que le garantizaran la titularidad. Hizo un boicot, pero lo terminó para el clásico con Uruguay en el Maracaná, decisivo para la eliminatoria 1994. Brasil ganó 2-0 con dos tantos suyos. “Esta tarde Dios nos envió a Romário”, dijo Carlos Alberto Parreira, el técnico.

Tras su etapa europea se peleó con su amigo Edmundo; golpeó a sus compañeros Andrei, en Fluminense, y Savio, en Flamengo. También le pegó a un hincha que protestaba en un entrenamiento. Se sintió traicionado por Zico y Zagallo cuando estos no lo llevaron al Mundial ‘98 y se distanció de Luiz Felipe Scolari, quien inicialmente lo había convocado como capitán, aunque luego lo sacó del conjunto que terminaría levantando la Copa en 2002.

En mayo de 1994, justo antes del Mundial, secuestraron a su padre y el delantero renunció a participar. Todo el país se movilizó y los secuestradores -que pedían 7 millones de dólares- lo liberaron sin más. Desde entonces, nunca más salió sin custodia. Le compró un bar y lo llamó “Roma-Rio”. En 1994 papá hizo una promesa: “Si Brasil gana el Mundial, me tomaré todo lo que exista para beber sobre la Tierra”. Cuando su hijo llegó desde Estados Unidos portando la Copa, Edevair explicó que él era “un hombre de palabra” y recorrió las copas de caipirinha, cerveza, cachaça, y una larga lista de etcéteras.

Romário también fue vinculado con Bem-te-vi, uno de los más peligrosos narcotraficantes de Río. Una llamada interceptada por la policía delató el vínculo. “Fui invitado a una fiesta de amigos. Allí me lo presentaron, eso no es ningún delito”. Sin embargo, la acusación es más grave: un taxista detenido lo señaló como el mensajero de Bem-te-vi, acusado de manejar el tráfico de drogas en la favela de Rocinha, el barrio marginal más grande de Latinoamérica, con un millón de habitantes.

Los problemas con la Justicia siguieron. En 2004 pasó seis horas detenido por no pagar la pensión de alimentos a sus hijos. Había sido denunciado por su ex esposa Mónica por una deuda de 17.000 dólares en concepto de la manutención. Más allá de los tribunales, sus escandaletes ganaban páginas de diarios.

En 1999 lo echaron del Flamengo luego de ser sorprendido en una discoteca horas antes de que el equipo perdiese un partido clave en la liga nacional. Al año siguiente, de vuelta en Vasco, fanáticos lo acusaron de hinchar por el Flamengo argumentando que no celebraba los goles que marcaba a ese equipo. Romário les respondió con gestos obscenos cada vez que hacía goles y estos se vengaron no alentando ni aplaudiendo.

En el verano de 2006 el goleador tuvo nuevamente permiso para entrenar menos que sus compañeros y faltar para ir al carnaval. La ausencia de la práctica no lo afectó: hizo tres goles al día siguiente en la derrota de Vasco por 5-3 ante Botafogo. “Me acosté a las 4 de la mañana y anoté tres goles, así funciona mi cuerpo”, acotó con ironía.  Es verdad, su cuerpo funciona diferente, hasta para tener hijos. Estaba por nacer Ivy, su sexta hija, cuando contó: “Me sometí a una vasectomía pero un año antes dejé cinco tubos congeladitos. No quiero más hijos, pero mañana, si cambio de idea...”. 

En los 7 años iniciales en Vasco da Gama, en 5 fue goleador y las otras dos quedó segundo a un tanto del goleador. “En cada gol siento una sensación similar al orgasmo”, una frase que ya se volvió lugar común, pero cierta.

El 23 de mayo de 1987 había debutado en la selección ante Irlanda, en Dublín. Perdió 0-1 pero tuvo revancha 5 días después, en Helsinki, cuando marcó su primer gol, en el triunfo 3-2 sobre Finlandia. En 1988 fue goleador olímpico, en Seúl. En 1989 marcó el gol de la victoria ante Uruguay y Brasil ganó la Copa América después de 40 años.

Para Johan Cruyff, Romário fue “el único jugador que conocí capaz de regatear en un metro cuadrado”. En 2001 ya había alcanzado la marca de artillero más viejo del Campeonato Brasileño. En ese entonces, tenía 35 años y marcó 21 goles. En 2005 superó su propia marca.

“Esta es una hazaña que nadie alcanzó a mi edad”, dijo y se entusiasmó al ver la estadística, le faltaban apenas unos sesenta goles para los mil. “La FIFA ya oficializó mi marca, ahora quiero los mil”. Y empezó a sumar, aunque sea con un equipo de Angola que pasaba la pretemporada cerca de las playas cariocas. “A Pelé le contaron hasta los goles del servicio militar y los del día que demolieron Wembley. ¿Por qué mis goles contra equipos de segunda y tercera no valen?”, se quejó. En su proyecto Romario, mil goles”, el club le pidió a sus jugadores que le pasen la pelota para que pueda cumplir su sueño, pero su indisciplina tuvo un límite.

“Nadie está en contra de Romário, pero no puede hacer la gran Bin Laden y desaparecer de los entrenamientos”, graficó el DT Renato Gaúcho. “En este momento puede ser que el propio Romário esté en contra de sí mismo”, agregó. Aunque siempre será el ídolo en Vasco de Gama. En São Januario en 2007 fue inaugurada la estatua de bronce de Romario

La solución se llamó Miami FC, equipo de la segunda liga estadounidense ligado a capitales brasileños. Allí, sin presiones, siguió sumando festejos en busca de su marca personal. Corría 2006 y la aventura continuó en el Adelaide United, de Australia. “Dicen que la vida empieza a los 40. Soy feliz, tengo una gran familia y el 90 por ciento de lo que puede dar el fútbol ya lo conseguí. Ahora quiero el récord de los mil goles”. La cuenta “oficial” se detuvo en 768. La que lleva él llegó a 1002. ¿Vale la pena discutir por números? Claro que no, la belleza de su fútbol no puede medirse con cifras.

En 2003 jugó 3 partidos en Al-Sadd, Qatar

El 15 de abril del 2008 Romário anunció su retiro, a los 42 años. “Se acabó. Mi tiempo ya pasó”, asumió aquel día ante las cámaras de TV. Al año siguiente fue condenado a dos años y medio de prestación de servicios y una multa de 391.000 reales (cerca de 223.400 dólares) por no declarar los ingresos que recibió del Flamengo en 1996. Y, sorpresivamente (o no tanto) para la temporada 2009/10 descolgó los botines y jugó para el América de Río de Janeiro de la 2ª división brasileña. Luego sí, la despedida definitiva.

Pero el adiós a las canchas no significó su adiós al fútbol. En octubre de 2010 postuló a  diputado federal por el Partido Socialista Brasileño (PSB) y obtuvo 146.859 votos (quedó sexto entre 821 candidatos del estado de Río de Janeiro) y resultó electo. Cuatro años después redobló su apuesta y fue elegido senador para un mandato de ocho años, con 4,68 millones de votos.

Está en contacto con el pueblo y con sus fans a través de la cuenta de twitter @ RomarioOnze, que suma más de dos millones de seguidores. Desde su bancada denunció constantemente la flagrante corrupción reinante en la Confederação Brasileira de Futebol: “Nuestro fútbol se deteriora desde hace años, arrastrado por los millonarios sin talento. Viéndolo desde su palcos de lujo en los estadios, brindando con los millones que entran en sus cuentas. Un baño de ladrones, corruptos y mafiosos”. Durante la Copa del Mundo del año pasado, emitió un duro comunicado donde pidió la encarcelación de José María Marín (entonces presidente de la CBF) y Marco Polo Del Nero (actual mandamás del fútbol brasileño).

Dos de sus hijas: Moniquinha y Danielle

Su vida privada ya no sigue el ritmo agitado de antaño. Le dedica todo su amor a Ivy, su hija de 10 años con síndrome de Down, por la que inició la campaña “Ser diferente es normal”. No es la única que lleva el apellido Faría. Romarinho tiene 21, nació en Barcelona, cuando su padre la rompía en el Barça, y también es futbolista. Otras de sus hijas, Danielle y Moniquinha, rompen corazones con las redes sociales con las fotos que sube a Instagram. Con perfil más bajo, Isabel y Rafael completan el sexteto de su descendencia.

Claro que no todo es política y paternidad en su vida adulta. Está de novio con la cantante Dixie Pratt, una preciosura treinta años menor que él. ¿Qué tendrá el Baixinho?

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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