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65 AÑOS

Uruguay celebra un nuevo aniversario del Maracanazo

El 16 de julio de 1950 quedará para siempre en la historia grande del fútbol mundial: un Maracanã repleto soñaba como nunca con el primer título mundial, pero Alcides Ghiggia le arruinó la fiesta a Brasil y le dio la segunda Copa del Mundo a la Celeste.

El cofre de la Copa del Mundo guarda historias de las mejores que conforman la construcción del fútbol a través del tiempo. Las décadas van pasando y se van perdiendo los protagonistas de aquellas épicas páginas doradas de las primeras ediciones del torneo más importante del planeta, pero su épica se transmite de generación en generación a través de la dialéctica.

El 26 de junio de 1950 comenzaba la cuarta edición de la Copa del Mundo luego de doce largos años de espera tras lo que había sido la edición de 1938, disputada en Francia. La Segunda Guerra Mundial había coartado la posibilidad de desarrollar la fiesta del fútbol en 1942 y 1946, y para la nueva década el torneo volvía a Sudamérica, luego de dos consecutivas en Italia y Francia, respectivamente.

En aquel Mundial, Uruguay jugó solo cuatro partidos y Ghiggia metió un gol en cada uno.

Conocido como el país del fútbol, Brasil tenía la fiesta organizada de inicio a fin y fue ilusionando a su gente a base de buenos resultados durante la competencia, que en esa edición tuvo en la primera fase dos grupos de cuatro equipos, uno de tres y el restante de dos, compuesto por Uruguay y Bolivia. La segunda instancia reunió al líder de cada zona y se enfrentaron entre todos: Brasil aplastó a Suecia (7-1) y España (6-1), mientras que a Uruguay le costó muchísimo empatárselo a España sobre el final -fue 2 a 2- y logró una victoria a cinco minutos del cierre por 3-2 contra Suecia.

Con las dos selecciones europeas fuera de toda posibilidad de ganar el título, el partido entre los dos sudamericanos cobró máxima importancia como la final del certamen. El local llegaba con cuatro puntos (cada victoria otorgaba dos), y la Celeste con tres, producto de una victoria y un empate. Con solo igualar, el dueño de casa podía alzar la Copa del Mundo por primera vez, así que 173.850 personas colmaron el Maracanã como nunca antes ni después volvería a ocurrir con la esperanza de ver a Ademir y compañía levantando la copa.

El gol de Friaça a los dos minutos del segundo tiempo desató una explosión inolvidable en el estadio de Río de Janeiro y los propios jugadores uruguayos contaron que no podían escucharse entre sí en el campo de juego por los gritos de la multitud y las bombas de estruendo que ya celebraban con anticipación. Los brasileños ya se pensaban campeones teniendo en cuenta que para quedarse sin la copa tenían que perder y veían improbable la posibilidad de que Uruguay marcara dos goles.

El reloj marcaba los 65 minutos de juego cuando Juan Alberto Schiaffino silenció al estadio con un cabezazo que el arquero Moacyr Barbosa (pobre de él) no pudo despejar. Los decibeles empezaron a bajar en las gradas al mismo tiempo que crecía el temor por no poder sostener la igualdad. Faltaban once minutos para que Brasil fuera campeón del mundo por primera vez en su historia y en su tierra, los nervios de esas más de 170 mil almas inundaban el denso aire en el Maracanã y aún no sabían lo que segundos más tarde estaba por ocurrir.

Con un cabezazo mortífero, Pepe Schiaffino empezó a silenciar al Maracanã

Alcides Ghiggia se escapó por la derecha en una corrida memorable y cuando pisó el área, con picardía rioplatense, engaño con el cuerpo y la mirada a Barbosa y puso la pelota junto a la base del primer palo, allí donde el portero brasileño jamás la esperaba. De repente el estadio pareció estar vacío. Las miles de personas que habían colmado el Maracanã estaban ahí, inmóviles, petrificadas al darse cuenta que la Copa del Mundo se les escurría entre los dedos como la arena más blanca de Copacabana. 

Ghiggia ya pateó, la pelota besó la red y la pesadilla interminable de Barbosa apenas había comenzado

La rica historia de la Copa del Mundo dice que el Mundial de 1950 fue uno de sus capítulos más apasionantes. Barbosa contó una y otra vez que nunca volvió a ser tratado dignamente tras aquella final por no haber podido impedir el gol de Ghiggia y en Uruguay, 65 años después de aquella epopeya, suena un candombe de fondo mientras los celestes sonríen con picardía al recordar el glorioso e inolvidable Maracanazo.

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Los puntos de vista y opiniones expresadas en este post son solamente las del autor y no representan necesariamente las de Pasión Fútbol.

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